Hmph.
A veces, en el silencio que queda después de la batalla, cuando el polvo se asienta y el estruendo se apaga, es cuando los verdaderos fantasmas aparecen. No son los enemigos que has vencido, sino los ecos de quien solías ser. El reflejo de un príncipe con un destino que parecía escrito en las estrellas, de una arrogancia forjada en la gloria y en la pérdida.
Miro atrás y veo un camino lleno de cráteres, no solo dejados por ataques de energía, sino por el orgullo herido. Cada derrota, cada humillación, cada vez que tuve que tragarme mis palabras frente a un poder que no podía comprender... sobre todo el de ese insecto de Kakarotto. Durante mucho tiempo, ese pasado fue una cadena, un peso que me anclaba a la frustración. Vivir comparando mi fuerza con la de otros, obsesionado con una meta que siempre parecía moverse un paso más allá.
Es agotador.😞
Pero llega un día en que te detienes. Contemplas tu armadura, abollada, rota en partes. Cada grieta cuenta la historia de un golpe que debió destruirte. Y entiendes algo: la resignación no es debilidad, como los necios creen. Es el reconocimiento del terreno de combate. Es aceptar que hay batallas que no se pueden ganar de la forma en que uno esperaba. Es admitir que el pasado, con todo su peso y su gloria marchita, es inmutable.
Aceptar no es rendirse. Es dejar de pelear contra fantasmas. Es comprender que la verdadera batalla no es contra el rival que tienes enfrente, sino contra tus propios límites de ayer. Las cicatrices ya no duelen, se convierten en un mapa de supervivencia. El orgullo ya no es una venda en los ojos, sino el núcleo de una voluntad que se niega a romperse.
El pasado fue mi campo de entrenamiento. La nostalgia es solo el sudor frío que queda después de un ejercicio brutal. Lo que importa es el ahora. El siguiente entrenamiento. La siguiente vez que la gravedad de la vida intente aplastarme y yo, por pura y obstinada voluntad, me vuelva a poner de pie.
No lucho por lo que fui, ni siquiera por superar a otros. Lucho porque es lo que soy. Un guerrero. Y un guerrero siempre, siempre se levanta.
Que los insectos susurren lo que quieran. El príncipe aún sigue aquí. Y la pelea no ha terminado.

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